RAFAEL GUARDIOLA IRANZO (profesor de filosofía en secundaria; secretario de la Asociación Andaluza de Filosofía)

Rafael Guardiola Iranzo (elactualreydefranciaescalvo@gmail.com) es profesor de filosofía en secundaria desde 1985, además de secretario de la Asociación Andaluza de Filosofía desde septiembre de 2010 y miembro de la Sociedad Española de Filosofía Analítica. También es coordinador de la Plataforma Malagueña en Defensa de la Filosofía desde 2013.

AMOR, HUMOR Y CONOCIMIENTO CRÍTICO EN EL GRAN TEATRO DEL MUNDO (octubre de 2017)

  • ¿Cuál es su relación con el ámbito educativo?

Comencé mi andadura como profesor de Filosofía en mi actual centro de trabajo, el IES “Jacaranda” de Churriana-Málaga, en septiembre de 1994. Con anterioridad, he impartido clases en los Institutos “Carlos III”, “Conde Orgaz”, “Miguel Delibes” y “Rey Pastor” de Madrid, mi ciudad natal, así como en el Instituto “Luis Buñuel” de Alcorcón-Madrid (desde 1985 hasta 1994), y el IES “Ramon Llull” de Palma de Mallorca (desde 1990 hasta 1994). Terminé la licenciatura de Filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid, en el curso 1984-85, fui contratado por el Ministerio de Educación a finales de 1985 como profesor interino (se debieron dar cuenta de mi pericia argumentativa, y de mi capacidad de sacrificio en la función pública), y aprobé las oposiciones como funcionario del Estado en el verano de 1987, la única vez que me he presentado a unos exámenes sin haber estudiado específicamente para ello, pues había decidido irme de vacaciones a Túnez y solicitar una beca de personal investigador para hacer la Tesis Doctoral sobre la “Racionalidad de la conducta verbal” –algo que se quedó en  proyecto, y encaminar los pasos hacia la docencia universitaria en las áreas de Lógica, Filosofía del Lenguaje y Filosofía de la Ciencia, o en el campo de la Estética y Teoría de las Artes, claramente marcados en mis dos hemisferios cerebrales. En el presente curso, 2017-18, soy el responsable de la Biblioteca y enseño “Historia de la Filosofía” en el nivel de 2º de Bachillerato, y “Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos” en 3º de ESO y 2º de Bachillerato. El Departamento de Filosofía, Biblioteca y Documentación del IES “Jacaranda” de Churriana-Málaga también se ocupa de la enseñanza de la materia “Filosofía” en 1º de Bachillerato, de “Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos” en 1º de Bachillerato, y de “Valores éticos” en la ESO.

Soy el Secretario de la Asociación Andaluza de Filosofía desde septiembre de 2010 y miembro de la Sociedad Española de Filosofía Analítica, así como Coordinador de la Plataforma Malagueña en Defensa de la Filosofía desde 2013. Miembro del Consejo de Redacción de la revista “Alfa” y de la Comisión Permanente de la Olimpiada Filosófica de España (Red Española de Filosofía), he organizado las cinco ediciones de la Olimpiada Filosófica de Andalucía (las cuatro últimas, en colaboración con Antonio Sánchez Millán). También he formado parte del Comité Organizador o el Comité Científico de los Congresos de la Asociación Andaluza de Filosofía celebrados en Málaga (2010), Córdoba (2012), Sevilla (2014) y Granada (2016). Fui, asimismo, el Profesor Preparador del Grupo del IES Jacaranda que obtuvo el Primer Premio del Foro de Debate de FOROIDEA, en la Fase Provincial de Málaga (febrero de 2001) y el Cuarto Premio en la Fase Autonómica (Granada, marzo de 2001) y colaboro habitualmente en la sección de Opinión de “El Mirador de Churriana”, Diario Local del Distrito nº8 de Málaga. A mí se deben, para bien o para mal, las traducciones de los siguientes libros: Cornford, F.M. (1987). Principium sapientiae. Los orígenes del pensamiento filosófico griego. Madrid: Visor –en colaboración con Francisco Giménez Gracia; Goodman, N. (1995). De la mente y otras materias. Madrid: Visor; Podro, M. (2001). Los historiadores del arte críticos. Madrid: Antonio Machado Libros; y Fried, M. (2004). Arte y objetualidad. Madrid: Antonio Machado Libros.

He publicado artículos y reseñas en revistas como Revista de Occidente, Theoria,  La balsa de la Medusa, Alfa, Sociedad, Filosofía para Niños y Homonosapiens. También he tenido el honor de coordinar el Proyecto de Innovación Educativa “Mito y educación. Elaboración y experimentación de recursos didácticos desde una perspectiva crítica y multidisciplinar, en el entorno de las competencias básicas”, (2012-2014), auspiciado por la Junta de Andalucía, y he participado asimismo en el Proyecto para la elaboración de recursos de apoyo al desarrollo del currículo en soporte informático o para su utilización en la red titulado “Dinamizar textos históricos de filosofía mediante hipertextualización, utilizando las herramientas IHMC Cmap Tools y SQUEAK” (curso 2004-2005), y en el Proyecto de Investigación Educativa “Estudio de los valores dominantes en el I.E.S Jacaranda  a través del entorno socioeconómico y familiar” (cursos 1999-2000 y 2000-2001). Finalmente, es un hecho que he participado, desde 1994 y voluntariamente, en diversos Grupos de Trabajo sobre la práctica docente de la Filosofía, y asistido desde 1985 a numerosos cursos y congresos de actualización científica.

  • Comente la importancia que tienen para usted los siguientes términos en relación con la educación (no importa el orden ni la forma de la respuesta; añada otros términos si lo considera oportuno):  Esfuerzo¸ Conocimiento, Diversión (felicidad, alegría…), Pasión (emociones), Creatividad, Salud, Autoridad, Respeto.
  • ¿Cuál es su opinión personal acerca de la situación actual en la que se encuentra el sistema educativo de su país?
  • ¿Qué propuestas le parece que podrían mejorar la situación del sistema educativo de su país?

La nariz de payaso va siempre conmigo, comparte mi vida cotidiana, irrumpe en el aula y hasta en los actos oficiales más serios. La nariz, los disfraces o el uso ocasional de marionetas en clase, así como mi pasión por la acción dramática, me han permitido la simulación, la asunción de papeles y recuerdan que nos encontramos en el “gran teatro del mundo”, como diría Calderón de la Barca. La nariz del payaso es un vehículo que facilita la expresión de la risa (esa gran manifestación de la inteligencia humana, casi diabólica, como subrayara Baudelaire) y se ha convertido en un apéndice más de mí. La he empleado, no sólo como recurso didáctico para llamar la atención del alumnado y desdramatizar la gravedad de los sesudos contenidos que me obligan a explicar, sino también como elemento que favorece la alegría de vivir y mitiga no pocos momentos de tensión. No me gusta que vivamos en un “valle de lágrimas”, aunque la educación sea una cosa muy seria. Además, si pensamos detenidamente en lo que hacemos a cada instante y la perspectiva inevitable de la muerte como horizonte, nadie podrá negar que lo que hacemos constantemente es “el payaso”, perdiendo constantemente el norte de las cosas realmente importantes. Yo tengo la suerte de hacer todo esto de modo consciente, en mi peculiar “elogio de la estulticia”, siguiendo con ello, paradójicamente, el rastro del amor a la sabiduría. Además, la ironía es una de las pocas herramientas políticas que no nos han enajenado y un magnífico instrumento para ejercer la autoridad.

La sociedad industrial avanzada que se ha consolidado en occidente y aspira a ser también la sociedad del futuro, se ha amancebado lascivamente con un modelo educativo muy poco sensual para mis ojos operados de cataratas. El “saber hacer”, la “techné” de los griegos impone su imperio sobre el “saber”, sobre la fascinante “sophía”. Y eso que la techné –saber hacer, saber producir algo- es, para Aristóteles, un modo de saber universal y exclusivo del ser humano, y tiene un espectro más amplio que el de nuestra “técnica”. Se erige sobre la madre experiencia, pero es un saber inferior, a fin de cuentas, dado que sus objetos son meramente posibles, accidentales o “contingentes”: son de una manera determinada, pero podrían ser de otra (el artesano puede modelar un botijo, pero podría en su lugar hacer un orinal). Es la capacidad para producir algo actuando sobre las cosas, o sobre el propio ser humano en tanto que cosa (el herrero puede fabricar un cinturón de castidad y el nadador, aprender a nadar a mariposa, actuando sobre su cuerpo). No obstante, a la techné no le podemos pedir una finalidad diferente a la de “producir obras”, no da más de sí. Y las acciones sociales que siguen este paradigma no son otras que las que los filósofos de la Escuela de Frankfurt denominaron “acciones instrumentales”, acciones que se adoptan en función del coste y los beneficios de las mismas de acuerdo con un fin exterior. La utilidad es elevada a los altares y se convierte en un medio para justificar y consolidar el poder de unos pocos, manoseando obscenamente los cimientos mismos de la democracia y las virtudes de la globalización. Los planteamientos maquiavélicos y los imperativos hipotéticos se nos hacen familiares, carne de nuestra carne, alumbrando un pensamiento “unidimensional”, como afirmaba Herbert Marcuse al abrigo del Mayo del 68 francés.

Como subrayan Eduardo Luque y Pilar Carrera en su libro Nos quieren más tontos (recientemente publicado por Ediciones de Intervención Cultural, 2017) a propósito de la escuela que promueve sin rodeos la economía liberal, las proclamas en materia educativa sobre la bonanza del “saber hacer” del socialista francés Jacques Delors, presidente de la Comisión Europea de 1985 a 1994, catapultadas por las otrora prestigiosas instituciones como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, han acabado recluyendo al conocimiento a secas en el castillo derruido del Libro I de la Metafísica del viejo Aristóteles (“todos los hombres desean por naturaleza saber”, afirma el Estagirita) y nos intentan seducir a los docentes con cantos de sirena, ahora bautizados como “competencias”. Tanto es así, que quieren construir “la sociedad del conocimiento” prescindiendo del propio conocimiento. Y, por otra parte, es el mercado el que marca el compás, el que fija en realidad los contenidos y los instrumentos diseñados para el aprendizaje, amparado en la erótica del poder más acartonado. No quiero decir con esto, obviamente, que el conocimiento no tenga o no deba tener una dimensión práctica, sino que no comparto que sea el mercado quien delimite el ámbito de aplicación de lo conocido. Y ya saben que, afortunadamente, hay otros valores distintos de la diosa utilidad y ajenos a las concepciones ahistóricas del ser humano. La filosofía, por ejemplo, puede tener un estimable valor social, aunque no reserve sus sinuosas curvas a la organización empresarial y a la difusión a bombo y platillo de las ideas arrebatadoras de los nuevos emprendedores.

Una caótica milicia de psicopedagogos iluminados escupe vorazmente por sus fauces lloronas una jerga incontrolada, en el mejor de los casos, de conceptos bienintencionados pero vacíos. Al final, vamos a acabar añorando la alucinógena terminología de la vieja LOGSE. Según ésta, por ejemplo, cambiar a un alumno de sitio en el aula equivalía a hacer “una adaptación poco significativa a uno de los elementos espaciales de acceso al currículo”. Como pueden observar, todo se puede empeorar fácilmente. A quien dude de ello, le aconsejo que lea con detenimiento La tarima vacía, el último libro de mi antiguo compañero del IES “Luis Buñuel” de Alcorcón-Madrid, el catedrático de Lengua y Literatura Javier Orrico (Sevilla, Editorial Alegoría, 2017). En este libro encontrarán un pormenorizado análisis, desde una perspectiva liberal, de los males de nuestra enseñanza, huérfana de la herencia de la Ilustración. Aunque les confieso que mis simpatías son más libertarias que liberales, comparto con Javier Orrico la necesidad de restituir en las aulas el valor de la voluntad, la memoria y la disciplina.

Pienso que valores tan reputados como la libertad, la igualdad o la solidaridad no son incompatibles con la búsqueda de la excelencia gracias al esfuerzo y la fuerza de voluntad, dentro y fuera del sistema educativo. Se exigen mutuamente, en una ilustrada relación dialéctica, alejada de las huellas posmodernas que tienden a equiparar un par de botas a una tragedia de Shakespeare, como escribía el filósofo francés Alain Finkielkraut en su lúcido ensayo titulado La derrota del pensamiento (Barcelona, Anagrama, 1987). No hay que renunciar a nada, salvo a la estupidez. En la misma línea de Finkielkraut, Pascal Bruckner (en La tentación de la inocencia, Barcelona, Anagrama, 1996) nos previene sobre la enfermedad del individualismo contemporáneo, frente a la irresponsabilidad perpetua que perfila la inocencia triunfante. Los sistemas educativos posmodernos transmiten como norma la de la vida inocente caracterizada por el infantilismo y el victimismo. La despreocupación y la ignorancia juveniles que se prodiga entre la ciudadanía encuentran su paraíso en el consumismo y el relativismo desaforados, y encumbran a los altares la figura del inmaduro perpetuo. Y se acomoda en el trono social el perfil del mártir, del buen salvaje angelical a quien nadie se atreve a rechistar.

Comparto con Javier Orrico que el actual sistema educativo español, “mezcla de tecnocracia y santurronería”, propiamente “no educa”, porque no enseña a vivir, no sirve para entrenar a niños, adolescentes y jóvenes para enfrentarse a la vida con ciertas garantías adaptativas y al no hacerlo colabora con la ignorancia, la desigualdad y el imperio de la injusticia. Para ello necesitan ser educados en la responsabilidad y el valor del esfuerzo, y al mismo tiempo, en la crítica y hasta en la rebeldía, algo que no se puede hacer con un almacén de conocimientos cada vez más menguado, y el fomento del infantilismo y el victimismo. No es malo que nuestros alumnos escuchen de nosotros, de primera mano, que la vida no es ni un valle de lágrimas ni un videojuego adictivo. Es más bien, algo agridulce. Por eso la nariz de payaso va siempre conmigo.